A mi Padre y a mi hija,
que le han prestado su
alma a los protagonistas.
Prólogo
Me puse a correr como un loco, calle arriba, por aquella acera elevada como una plataforma —para que el agua de la riera no entrase en las casas—, con la cabeza de la niña golpeándome la espalda y sujetando la escopeta como si fuese el palo de una escoba, con el corazón que me hacía bumbum, bumbum en las sienes y las sombras de los edificios que se movían por todas partes.
Me daba la maldita impresión de que los tenía detrás, pisándome los talones.
1
No me gustaba nada volver al pueblo porque, cuando lo hacía, luego se me metía una cosa rara por dentro que me roía las entrañas, rac, rac, rac, como una maldita carcoma. De todas formas, cuando llevaba mucho tiempo sin acercarme, me venía aquella especie de picor, como antes: como cuando te había picado un mosquito y notabas las ganas de rascar, pero no lo hacías porque sabías que todavía sería peor. Y entonces intentabas no pensar en ello, pero sin querer te frotabas la piel con la punta de la uña y, después, a la que te dabas cuenta, ya tenías todo el brazo lleno de arañazos de tanto rascar como un loco.
Pensaba que aquel sinvivir se acabaría cuando ya no me quedara nadie, pero mis padres y mi hermano ya hacía tiempo que estaban muertos, pobrecillos, enterrados en lo alto de la montaña, en aquellas cuatro paredes blancas como nubes y rodeados de cipreses. Algunas veces también me había dejado caer por el cementerio. Me agarraba a las rejas de la puerta: unas puertas largas de hierro con unas varillas rematadas en punta que parecía que llevaban a otro mundo; y asomaba la cabeza a la oscuridad de allí dentro. Las pocas ocasiones que fui siempre me acordaba de mi abuelo, Dios lo tenga en su gloria, con aquella cara amarilla, la americana oscura y las manos en la barriga atadas con el pañuelo blanco con rayitas azules, con el que solía sonarse su enorme nariz de patata.
Así pues, esa noche, después de mucho tiempo, volví y di una vuelta por las calles con la furgoneta: y, como cada vez que volvía, todo me pareció un poco diferente, y feo. Lo único que era un poco como antes eran los árboles de la riera, los plataneros, aunque antes eran más pequeños. Y las casas… cuando era joven solo había cuatro mal contadas, y de las que me acordaba… ya hacía años que las habían echado abajo para construir otras nuevas. Y a las viejas les habían lavado tanto la cara que ya no parecían las mismas. Era mi pueblo y ya no lo era. Y, a pesar de todo, como ya he dicho, a veces lo echaba de menos.
Fui a visitar la antigua casa de mis padres: una masía, grande y vieja, de masovero, al lado de la de los señores, pero que a duras penas se veía porque estaba a oscuras y rodeada de encinas, y para verla tenías que entrar en la finca. Nunca entraba en la finca. Me pasé un buen rato con aquella negrura, mirando en dirección a la casa, y luego fui a dar una vuelta con la furgoneta por dentro del pueblo y, sin querer, terminé delante de la puerta de casa de mi hermano. Todavía me quemaba por dentro la última vez que había ido. No pude decirle adiós a mi madre. A mi padre tampoco, aunque no lo habría hecho. Pero llamé al hijo del Doctor Argilagós, que era al que de tanto en tanto llamaba para que me diese novedades, y me dijo que mi hermano se estaba muriendo. Se ve que cogió un cáncer y no le quedaba mucho. El chaval me preguntó si iría a verlo y quizás porque le dije que sí o porque luego ya no podría verlo nunca más, o yo que sé, fui.
Aparqué cerca de su casa, en una callejuela bastante vacía. No es sólo por la cojera, es que nunca me apetece encontrarme a nadie. De todos modos, a esas horas de la noche y en pleno invierno nunca corre un alma por las calles. Me planté delante de la puerta de su bloque. Pedro vivía en la barriada de San Carlos: en uno de aquellos edificios viejos, feos y pequeños de trabajadores de baja estofa. Llamé al interfono, al primero que se me ocurrió, porque no me acordaba del número, y me salió la voz de una vieja gruñona.
—¿Quién hay? ¿Qué quiere a estas horas?
—¿Está Pedro?
—No es en este piso, es en el de abajo.
—¿Me podría abrir, por favor? —le dije, con voz de buen tipo. Nada—. Soy su hermano —le dije. Oí como mascullaba al otro lado de la línea, pero me abrió.
Una vez dentro, las escaleras hacían una peste que no se podía soportar. A comida rara de fuera o a alguna porquería por el estilo. Ya hacía unos cuantos días que no había tomado nada. Siempre parezco un poco más… en fin… enfermo, pero también un poco más viejo, que era lo que quería. Pero el olor a comida se me hacía insoportable. Y, a pesar de todo lo que me había costado llegar hasta su casa, cuando me acerqué a la puerta del piso y oí el jaleo de la tele me entraron ganas de echar a correr. Hacía un montón de años de la última vez que lo había visto: desde esa asquerosa noche que me cambió la vida, cuando casi me cargué a mi padre y luego me largué de casa... entonces los dos todavía éramos jóvenes…
No sabía por qué había ido ni qué se suponía que le iba a decir. Quizás lo suyo era preguntarle cómo le había ido durante todos esos años o quizás pedirle perdón o vete tú a saber qué demonios… pero, de alguna manera, me pareció que tenía que verlo.
Así pues, apreté el botón del timbre y aquel trasto soltó un zumbido: reeeeecccc, que me puso de los nervios más que otra cosa, y entonces sí que me habría echado a correr como un poseso.
Del interior de la casa se oyó un jaleo de sillas y después una voz de mujer, que gritó: ¿Quién hay? No sabía qué decir, y dije mi nombre: Anselmo.
Alguien apagó la tele y se oyó el golpe de una silla y después el zap, zap de unas zapatillas que se arrastraban por el suelo como si estuvieran haciendo un gran esfuerzo. Y, con este ritmo, se acercaron a la entrada. La puerta se abrió. Por detrás de aquella grieta de madera me encontré con una mujer vieja, con unos cabellos blancos y lisos, bajita y gorda. Su cara era redonda como un guisante y tenía unos ojos diminutos con un par de rayas en medio de tanto arrugar el entrecejo. Su boca me recordaba a las de los títeres: aquellas que suben arriba y abajo. Llevaba un vestido azul oscuro de estar por casa con puntitos o cuadraditos o algo así. Me miró fijamente con aquella mueca, como si alguna cosa apestase allí afuera, o quizás siempre ponía esa cara. Vete a saber. Le iba a sonreír para hacerme el simpático, pero como mi hermano estaba enfermo no me atreví.
Supuse que aquella era su mujer y me pregunté cómo estaría él ahora, porque yo todavía lo recordaba como un chaval joven y habían pasado… pues un montón de años.
—¿Y tú qué cojones quieres? —me dijo esa maleducada.
Me dije que quizás me hablaba con esa mala baba porque no dejaba de ser un desconocido que llamaba a su casa a las tantas de la noche.
—Buenas noches —dije—, soy… —Le iba a repetir mi nombre, por si no lo había entendido bien, y a decirle que era el hermano de Pedro; y entonces, de malas maneras, me cortó, diciendo:
—Ya sabemos todos quién eres.
He de reconocer que me sorprendió que lo supiera, que Pedro le hubiera hablado a su mujer de mí. De su hermano cojo, bizco y feo. Porque ya de bien pequeños mi hermano se avergonzaba de mí. Desde aquel día que fuimos los dos juntos a la feria y nos encontramos con aquella niña. Todavía me acuerdo de que subimos en el tiovivo de las ocas —D’en Pepet de les oques—, que venía cada año y que se llamaba así porque había dos barquitas que tenían la forma de una oca y que iban muy arriba, ¡y venga dar vueltas y más vueltas! Y de que estábamos los dos riendo: a mí me cogió dolor de barriga de tanto reír, y salimos mareados como una sopa. Y de poco más. Pero lo que hoy en día todavía tengo presente es la cara de aquella mala pécora.
Era una nena regordeta, con unas mejillas bien rojas, como si tuviera sarampión, y una sonrisa burlona: como si todo el mundo, menos ella, fuésemos tontos. Recuerdo que se nos plantó delante, me señaló con el dedo —con cara de asco—, como si yo fuera un escarabajo repugnante, y le dijo a mi hermano: ¿vais juntos?
¡Era una maldita bruja! Pero lo más triste de todo fue la mirada de avergonzado que puso mi hermano, ¡mi propio hermano! Que me miró con los ojos vacíos, después a la nena, y negó con la cabeza.
—¡Qué va! —dijo.
Nunca olvidaré la cara de satisfecha de aquella bruja. Lo sabía. Sabía que yo era su hermano.
A partir de aquel día, mi hermano nunca volvió a ir al pueblo conmigo, ni a ningún otro sitio. Al principio, burro de mí, se lo propuse un par de veces, pero pronto me di cuenta de qué era lo qué pasaba. Solo íbamos juntos cuando teníamos que bajar al pueblo a comprar alguna cosa para la granja con nuestro padre. Y, aun así, a la que podía se escabullía como una anguila, haciéndose el despistado, y me dejaba solo.
Le iba a decir a esa vieja maleducada que venía a ver a mi hermano, pero me cortó a media frase.
—No quiere verte —me soltó.
Me dio la impresión de que ya lo habían hablado. Ella me dio mucha rabia, pero, sobre todo, lo que me cabreó fue que Pedro no quisiera verme. De acuerdo, es cierto que me largué de casa de malas maneras, pero si suponía que iría a verlo no le habría costado nada escuchar lo que quisiera decirle, darme una pequeña oportunidad para explicarme. Aclararle lo que sucedió. Aunque no sé si lo habría hecho. Contarle la verdad, quiero decir. Pero me pareció que, a pesar de todo, todavía era mi hermano. Y que, si hubiera sido al revés, si hubiera sido yo el que se estaba muriendo de cáncer o de viejo, yo sí que le habría dado la oportunidad de verme. De bien pequeño ya era un maldito cabrón rencoroso.
Me quedé como un pasmarote mirando a la vieja, a la puerta detrás de la que se ocultaba, o qué sé yo dónde estaba, cuando de dentro del piso se oyó una voz de mujer que gritaba: ¡mamá!
La vieja se volvió y gritó:
—¡Tú no te metas!
Luego se giró otra vez y me miró con las rayas del entrecejo subiéndole por la frente.
Todo aquello me sorprendió tanto que no supe qué decir.
—De acuerdo… —le solté, mientras me lo pensaba—. Solo… solo dígale que he venido.
Qué vergüenza. Me arrepentí nada más decirlo. Fue tan… ridículo, que todavía, cada vez que me acuerdo, me entra dolor de barriga.
—Lo haré —dijo la bruja. Y me cerró la puerta en las narices.
Sí, estaba seguro que se lo diría. Seguro que se lo diría, en plan: ¿a que no sabes quién ha tenido los santos cojones de venir a verte?…
Bajé las escaleras cabreado, diciéndome que ojalá no hubiera ido nunca. Aunque me dije que yo había hecho lo que tocaba: que el cabrón era él. Que tampoco había para tanto. Asqueroso.
Más tarde, en frío, me pregunté si quizás la cosa tenía algo que ver con la manera como me largué de casa o con nuestro padre. ¿Estaba enojado porque los había dejado a los dos solos con él? ¿O quizás era porque había hecho sufrir a nuestra madre? O quizás… ¿había algo más que yo no sabía? ¡Da igual! Que no le habría costado nada recibirme y, si había algo que lo había enojado, decírmelo a la cara.
2
Como no tenía ninguna intención de regresar en mucho tiempo, aparqué la furgoneta en el parquin —en donde antes estaba el viejo aserradero de Can Vernis— para ver si encontraba algún voluntario para sacarme aquella picazón que llevaba por dentro y que me quemaba en la garganta. Y luego, a largarse corriendo, ¡y adiós muy buenas y hasta la próxima!
Me pasé un buen rato sentado en la esquina, en una jardinera gris de cemento. Pero como por allí no aparecía ni un alma empecé a ponerme nervioso. Me levanté y poquito a poco fui bajando calle abajo, hasta la riera. Me fui hasta el Centro: el bar al que iba mi padre —y todos los borrachos del pueblo—, pero estaba cerrado, y le habían cambiado el nombre. Y, sin darme cuenta, me encontré enfilando la riera, siguiendo la acera grisácea, los plataneros y las casas iluminadas por las molestas luces blancas de las farolas.
Mientras iba subiendo me dije que lo ideal hubiese sido coger la furgoneta para dar la vuelta. Pero como estaba en ello, seguí. Me dirigí hacia la luz del único local que parecía abierto a aquellas horas.
Me pasé otro buen rato sentado, esta vez en un portal, esperando a que alguien saliera. Pero parecía que nadie se decidía. Hasta que, al final, oí como chirriaba la puerta y luego el ¡pum! de cuando se cerró de golpe. En medio de la acera apareció un tipo bastante alto, medio calvo, con una cortinita de cabellos blancos por detrás, que llevaba un abrigo muy grueso de color verde oscuro. El tipo se plantó al lado de la farola, delante del bar, a echarse el cigarrillo. Y yo me acerqué y le pedí si me podía dar uno. Fue bastante amable y me dijo que sí. Me lo encendió y yo me quedé a su lado plantado como un pasmarote, con aquella cosa entre los dedos que no sabía a nada.
—Menudo frío que hace, colega —me dijo para darme palique.
Le dije que sí, le pregunté qué hora era y a qué hora cerraba el bar. Y resulta que estaban a punto de cerrar, que bajaban la persiana en media hora.
—¡No jodas!
El tipo tenía ganas de charla, como suele pasar con los borrachos. Me contó cuatro cosas, con una voz de napia como si estuviese resfriado, y luego me preguntó de dónde era.
—De fuera. ¿Y tú? —le pregunté para ver hacia dónde tiraría.
Y me lo dijo. Y también su nombre. Se llamaba Gabriel. Y yo le dije: Mario; porque no pensaba decirle el mío. Y cuando me estrechó la mano, me dijo:
—Chaval, la tienes helada.
Se pasó un buen rato de palique: me habló de su trabajo y de un amigo suyo. Me preguntó de qué trabajaba y le dije que estaba en el paro.
—Joder, chaval; menuda putada.
Luego, sus ojos se abrieron como naranjas.
—¿Entonces mañana no tienes que ir a currar? —gritó.
Le dije que no y pegó un bote como si alguien le hubiera pellizcado el culo.
—¿Tienes coche? —preguntó.
Y cuando le dije que sí me propuso que saliésemos de juerga.
—¿Qué día es?
Me dijo el número.
—No. De la semana, quiero decir.
Me dijo que era jueves. ¿La gente salía los jueves, ahora? ¿Y en invierno? Lo miré de reojo, haciéndome el interesante. ¡Menuda suerte! No me lo podía creer. Fingí que me lo pensaba, no demasiado, por si acaso, y le dije, como si me hubiera convencido con su cara de entusiasmo, que sí, que de acuerdo. Y entró corriendo en el bar, porque me dijo que tenía que decirle adiós a un colega, y yo me eché un poco hacia atrás para que no me viese nadie.
Bajamos la riera en silencio. Me pareció raro, porque en el bar no había parado de darle a la lengua. Quizás era porque yo iba cojeando: a veces me miraba y ponía cara de circunstancias. Y pasé de largo el rial de las monjas, que venía antes para llegar al parquin, y cogí la calle de Ca la Mundeta, que era más oscura, estrecha, y perfecta para lo que tenía planeado.
Cuando ya estábamos en medio de la calle empecé a ponerme nervioso porque ya no podía aguantar más. Tragué saliva y, de un salto, lo cogí bien fuerte por el pescuezo, como si fuera darle un beso.
—¿Qué cojones haces? —me gritó con su voz de napia.
Y yo, a lo mío, le pegué un buen mordisco en el cuello. Él intentó apartarme como pudo, empujándome con las manos, pero como iba bastante bebido, y yo ya lo había cogido bien, sabía que no tenía nada que hacer. Llevaba una barba de una semana y aquello fue como darle un beso a un erizo. El primer trago de sangre me dio fuerzas para agarrarme fuerte. Yo ya estaba en trance, y él, pobre desgraciado, me pegó un par de golpes en la espalda e intentó apartarme la cara. Pero como notaba la sangre bajándome por la garganta como un riachuelo, sabía que él lo tenía todo perdido.
Y justo, justo en ese momento, sentí aquel escalofrío como si me pasasen un hielo por la espalda, que me fue subiendo hasta la nuca y terminó pegándome unos pinchazos en la cabeza como si me estuviesen clavando un millón de agujas por dentro.
Yo ya sabía de qué se trataba, porque me había pasado otras veces, y después de aquello siempre aparecían por algún lado u otro un par de vampiros, altos —¡guapos! —, jóvenes; vestidos de negro como si fueran de boda. Y que me iban detrás como si quisieran pegarme una paliza, pero que, lo que en realidad querían, era liquidarme: dejarme seco.
Si aquello me hubiera pasado en cualquier otro momento, sin duda me habría largado a toda prisa. Pero, como estaba emocionado bebiendo sangre, me costó un poco. No fue hasta que sentí su presencia, como si los tuviese pegados a la espalda, que, maldiciéndolo todo, me desenganché del tipo. Y, como ya estaba blando como un melocotón maduro, lo tuve que coger como si fuera mi pareja de baile.
Miré nervioso de un lado a otro, pero no había nadie.
Lo arrastré como pude hacia un portal, lo solté y cayó como un títere, y me apresuré a dejarlo como si estuviese durmiendo la mona.
No sé por qué, me pareció que estaban en una esquina, esperándome. Entonces vi una casa con un par de puertas de madera, antiguas, con las molduras peladas y llenas de polvo. Y me dio la impresión de que con un golpe bien fuerte podría abrirlas y huir por allí, porque aquella casa conducía a la otra calle. Me acerqué y les pegué un empujón por en medio, y las puertas hicieron un crec y se abrieron de par en par, con el crreeeeecccc del pestillo arrastrándose por el suelo.
Entré en el portal y ajusté las puertas. El agujero en donde iba el pestillo estaba sucio de polvo. Por eso se habían abierto. Pasé la uña por el agujero, lo soplé y salió una nube de polvo, encajé las puertas y bajé la pieza de hierro.
El corazón me iba pegando botes como una liebre. Pero no podía entretenerme. Sólo tenía que atravesar la casa y largarme por la otra puerta. Se me pasó por la cabeza quedarme un rato allí, esperando que terminase todo, pero estaba demasiado nervioso para quedarme quieto.
Al otro lado había una puerta muy estrecha y cargada de cristales por la parte de arriba. Iba a romper uno o a pegarle un empujón a la puerta, pero, por si acaso, probé a abrirla. No me lo podía creer. No la habían cerrado con llave. Así que me metí dentro.
3
Me adentré en la casa por un pasillo oscuro con unas escaleras al final y un segundo pasillo a mano izquierda. La bebida me había agudizado la vista, pero el alcohol que llevaba el tipo en el cuerpo también hacía que lo viera todo un poco borroso y que andara como un pato mareado.
Allí dentro olía a madera seca, a ceniza y a sopa y, además, había un fuerte hedor a meado de viejo que impregnaba toda la casa. Subí a tientas las escaleras, apoyándome en una pared que hacía barriga y olía a yeso, con los listones que crujían bajo mis pies.
La planta de arriba estaba en penumbra. Una penumbra verdosa como si estuviese metido dentro de una botella. A la que avancé por el pasillo me di cuenta de que aquella luz provenía de una vieja uralita de resina que habían remendado en el tejado. Había un par de puertas a mano derecha y otra que me venía de frente, al final. Fue hacia aquella a la que me dirigí, empujado por la sed o por alguna otra cosa que marcaba mis pasos. Supongo que el hecho de haberme quedado a medias tuvo algo que ver: todavía sentía por dentro aquel runrún que me pedía un poco más…
Abrí con tacto la puerta y entré. En medio de la habitación había una cama de matrimonio iluminada por la grieta de luz que se colaba por la ventana y que se fundía por detrás de lo que parecía una cortina de puntas. Dentro de aquella cama solo había una persona, cosa que me pareció perfecto. Con dos, aquello hubiese podido ser un jaleo. Así que me acerqué y vi el manojo de cabellos marrones esparcidos por el cojín.
Aparté un poco la manta y solté un taco, porque lo que había allí dentro era una niña. Y la menuda se despertó y, al verme allí, se puso a gritar como una loca.
Me apresuré a taparle la boca. Pero incluso así, con la boca tapada con una de mis manos —que no son pequeñas, precisamente—, sus gritos se oían por toda la habitación y me preocupó que se oyesen por toda la casa, porque allí había alguien más.
—Tranquila —le grité—. Que no te haré nada.
Pero como estaba tan asustada, me pareció que ni siquiera me oía. Cabreado, le apreté el cuello con la otra mano y le grité:
—¡Como no te estés quieta, te juro que te rompo el cuello!
Y entonces se puso a llorar desconsolada. Y, entre aquellos gemidos… clic, me sorprendió el rayo de luz que se encendió en medio de la habitación. Levanté la cabeza para ver qué diantres era: una triste bombilla, grande como una pera, que colgaba en una viga de madera y que brillaba como si fuese nueva. Automáticamente cerré un poco los ojos, porque, desde el primer día, la primera noche, comprobé que la luz hace que me piquen, como si tuviese arena.
Me volví hacia la puerta a ver qué pasaba. En la entrada de la habitación me encontré con un tipo tirando a viejo, con una camiseta de tirantes como las que llevaba mi padre. Y los mismos calzoncillos blancos. Lo veía un poco borroso, con unos redondeles de colores a su alrededor. Entonces vi aquella cosa negra y me di cuenta de que me estaba apuntando con una escopeta de caza. Sí, señor: también como las que tenía mi padre y todos los cazadores de aquella época.
—Suelte a la niña —me gritó.
Y claro, lo hice. Porque, de acuerdo que en las películas cuando nos pegan un tiro no nos pasa nada. Pero yo no lo tenía muy claro. Primero, porque no me había pasado nunca; y segundo, porque si a cualquier cosa que esté viva le pegas un buen tiro, lo más seguro es que te la cargues.
La niña siguió llorando en la cama como si tuviese hipo, y el tipo dio un paso adelante para hacerle sitio a su mujer, que venía detrás y quería ver qué pasaba. La mujer tenía la cara redonda e iba peinada como una bruja.
—¿Quién es? —le preguntó a su marido.
—¿Cómo cojones quieres que lo sepa?
» Tú —me gritó—: levanta las manos y apártate de la niña.
El tipo había visto demasiadas series de policías. Le veía los pelos asomando por encima de la camiseta y los ojos encendidos. Tenía las mejillas coloradas y la frente bien arrugada. Olía a vino.
Le hice caso y levanté las manos. Y, cuando me aparté, me incliné de lado por culpa de la cojera. Y, claro, el tipo levantó la escopeta, y me pareció que me iba a pegar un tiro.
—¡No lo haga, no lo haga! Por favor, ¡soy cojo y me ha fallado la pierna!
El tipo bajó un poco la escopeta, miró a la niña y, como si yo no estuviera, le dijo:
—¿Te ha hecho daño, o qué?
La niña dijo que no con la cabeza, como si se le hubiera tragado la lengua el gato. En ese momento la vi bien. La cara era de niña, pero bastante mayor, tenía la nariz aplastada como si se hubiera estampado contra una pared. Y en el labio superior tenía un tajo que le daba una mueca un poco rara. Supongo que se debió pegar una buena hostia. Pobre niña. Pensé en la cruz que sufría y en todas las cosas, burlas, motes y putaditas que tendría que soportar en la escuela.
Su padre señaló al suelo: a sus pies. Y como si la niña fuera un perro, le gritó: deja de llorar y ven aquí.
Ella le hizo caso; paró de llorar, pero no se movió de la cama. Me pareció que se lo pensaba. Pero poco a poco fue bajando y se le acercó como un gato miedoso. Mientras que yo, entre el fogonazo de luz y el alcohol que me revolvía por dentro, todavía estaba mareado y lo veía todo un poco borroso. Pero a la que oí el golpe en las puertas de entrada —todos lo oímos—, me puse tieso y se me aclaró la vista.
Le grité al tipo, exaltado, que el golpe que acabábamos de oír eran un par de tipos.
—¡Que van a por mí! ¡Que han entrado dentro y están muy locos! Y le aseguro que lo liquidarán a usted, a su mujer y al primero que se les ponga por delante con tal de matarme.
»Le pido por-fa-vor que me deje marchar. Y quizá así los dejarán en paz y sólo irán a por mí.
—¿Tú te crees que yo soy gilipollas, o qué?
¡La madre que lo parió! Me habría encantado pegarle a aquel imbécil una buena hostia, porque había algo en él que me encendía. Quizás era porque me recordaba a mi padre. El tipo le dijo a su mujer que bajase a llamar a la policía y que se llevase a la niña.
—Pero… ¿qué dice? —grité. Y miré a la mujer y a la niña y, muy preocupado, le dije a la señora—: No lo haga.
—Tira, cojones —le gritó su marido cuando vio que dudaba—, no ves que este memo lo que no quiere es que avisemos a la policía…
Y todavía no había ni terminado de decirlo, cuando apareció por la puerta aquel tipo. Uno de ellos. De no sé dónde. Porque parecía como si hubiese estado allí todo el rato. Y cogió por la cabeza a la mujer, que era la que tenía más cerca, y, ploc, de un golpe seco se la estampó contra la pared. La mujer cayó como un saco al suelo.
La niña, espantada, soltó un grito. Y entonces el tipo se quedó quieto, como si no se lo esperase, y el padre de la niña se giró para apuntarlo con la escopeta. El chaval lo agarró fuerte por el cuello y, con una sonrisa de oreja a oreja, me miró mostrándome todos los dientes, blancos y afilados como los de un tiburón.
Total, que aproveché para coger la escopeta y apunté al tipo, al que, sorprendido, le cambió la expresión de la cara. Por unos momentos, pareció una persona de verdad. Y, con aquella cara de bobo, de asustado, pegó un salto hacia atrás. Pero yo disparé, ¡pum!, y la escopeta me pegó una coz en el hombro y me dejó sordo.
De la punta del cañón salió una buena humareda. Aparté la escopeta y abaniqué con la mano para ver qué había pasado. No se veía nada. Solo oía los gritos de la niña, flojitos, como si estuviese metido bajo el agua.
Me acerqué a la puerta con la escopeta en el regazo, por si acaso, y asomé la cabeza. El tipo estaba tirado en el suelo como si hubiese resbalado y se hubiera caído de espaldas. Eso sí, tenía una mancha de sangre bien gorda en la barriga. Aunque, como iba de negro, no se veía demasiado. Pero la tenía.
Pensé que lo había liquidado. Supongo que debería haberle pegado otro tiro para asegurarme, pero, como oí el piiiiiiiiip en las orejas y a la niña gritando, me volví para ver qué era lo que le pasaba. Si quizás algún perdigón la había alcanzado.
Pero no vi nada. Sólo estaba en el suelo, arrodillada, gritando con las manos en la cabeza. Volví a mirar hacia el pasillo y, ¡menudo susto me pegó el tío! Me lo encontré de pie, con las manos en la barriga, como si fuese de diarrea. El tipo me miró con los ojos desencajados y llenos de rabia. Me soltó una especie de grito raro, como un gruñido, y luego se largó por el pasillo.
Le iba a pegar otro tiro, pero, como ya se había fundido con las sombras, no llegué a tiempo. Así que lo dejé correr y me acerqué a la niña para ver cómo se encontraba.
Todavía estaba arrodillada con las manos en la cabeza, pero ahora se balanceaba, adelante y atrás, llorando, mientras miraba con los ojos vacíos hacia los pies de la cama. Le eché un vistazo a sus padres, tirados por el suelo como colillas. Estaban bien muertos. Le puse la mano en el hombro, con delicadeza; le iba a preguntar cómo estaba, y pegó un bote que me asustó y todo, la cría. Con las piernas reculó arrastrando el culo hasta la pared y, gimiendo, empezó a mover las manos como si estuviera espantando moscas. No la quería asustar, así que me arrodillé delante de ella, apoyándome con la escopeta como si fuera el bastón de San José, y alargué un poco la mano.
—No tengas miedo, bonita, que no te haré nada.
Ella gruñó como un simio y, por un momento, pensé que se había vuelto loca: había oído algunas historias de gente que, después de un buen susto, había perdido la cabeza; como aquel de Can Closa. Así que le pregunté: ¿cómo te llamas? Y, aunque no me dijo nada, la miré a los ojos y me pareció que no lo estaba.
—Escucha, tú —le dije—; si quieres que te deje aquí, te dejo, pero podría ser que ese tipo volviese para matarte. ¿Me entiendes?
No me hizo ni caso.
—¿Quieres vivir? —grité.
Y lo mismo. Ni caso. Era como hablar con la pared.
Y como ya estaba cansado de tanta historia, y tampoco teníamos demasiado tiempo —me pareció que en cualquier momento podía aparecer su compañero, porque siempre que los había visto iban de dos en dos, y no podíamos quedarnos en aquella ratonera—, me acerqué a ella y, sin demasiados miramientos, la cogí del brazo. Ella forcejeó un poco, pero se lo doblé y le pegué un buen mordisco en la muñeca. Soltó un grito, muy fuerte, que pareció que le salía del fondo del alma. Pero a la que le di un par de sorbos, como pasa siempre, se desmayó.
Todavía me acuerdo del sabor de su sangre.
Me dije: siete tragos fuertes y basta. Y luego, que por un par de sorbos más tampoco pasaría nada. Pero me dejé llevar y, a la que me di cuenta —¡hostias!— me pareció que me había pasado.
La solté y le tomé el pulso en aquel bracito, a pesar de que no hacía ninguna falta, porque todavía oía el pum, pum, pum, pum, de su sangre como me llamaba. Supongo que me la llevé porque me dio un poco de pena y porque sabía que si la dejaba allí la liquidarían. Y porque los remordimientos todavía se me comían por dentro cuando me acordaba de la hija de Montse. Y de la propia Montse, claro. No podía quedarme de brazos cruzados para luego pasarme las noches con aquella cosa royéndome por dentro. Con una niña sobre mi conciencia ya tenía suficiente.
Así que la cogí, toda desmadejada como estaba, y me la cargué a la espalda como si fuese un saco de patatas. Después cogí la escopeta y fui hacia la puerta. Y me tuve que poner un poco de lado, porque, si no, entre la cojera y ella no pasaba.
Cuando llegué a la mitad del pasillo me encontré una puerta abierta: la habitación de sus padres. El interruptor estaba afuera. Lo subí, crec, y se encendió la luz. Entré como pude, porque todas las puertas de aquella casa eran muy estrechas. Dentro había una cama de matrimonio, vieja, de madera oscura, con un par de mesitas de noche a juego. Solté a la niña en la cama. Y en el primer cajón de la mesita de la derecha, la de su padre, encontré —entre pañuelos, un montón de monedas y porquería— unos cuantos cartuchos para la escopeta. Me apresuré a coger un par y a metérmelos en los bolsillos, y después cambié el que había disparado.
Cuando terminé, volví a cargarme a la niña a la espalda, salí y me planté delante de la puerta de atrás, que conducía a la otra calle. La abrí con cuidado, decanté un poco a la niña y asomé la cabeza.
Delante había una farola, abollada, que iluminaba buena parte del edificio de las monjas; arriba del todo, la carretera con las sombras de los plataneros del parking, con sus hojas oscuras que se removían por el viento; y calle abajo, las casas nuevas que llevaban a la riera.
Levanté a la niña como buenamente pude, porque se me había resbalado un poco, y bajé el par de escalones que llevaban a la acera. Luego me puse a correr como un loco, calle arriba, por aquella acera elevada como una plataforma —para que el agua de la riera no entrase en las casas—, con la cabeza de la niña golpeándome la espalda y sujetando la escopeta como si fuese el palo de una escoba, con el corazón que me hacía bumbum, bumbum en las sienes y las sombras de los edificios que se movían por todas partes.
Y, a pesar de que había pocos metros de la casa al aparcamiento, me pareció como si cada vez estuviera más lejos, a la que llegué a la carretera fue como si llegase a la línea de meta. Pero todavía faltaba un poco. Y aunque la furgoneta no estaba demasiado lejos, aquellos últimos metros los hice sacando el hígado por la boca. Cuando llegué a la Citroën, mi corazón latía como un caballo desbocado. Me daba la impresión que los tenía detrás, pisándome los talones.
Me volví, cogiendo la escopeta con las dos manos, y apunté de un lado a otro entre las carcasas de los coches. Me pareció que una sombra se movía. Levanté la escopeta, apuntando por la mirilla, pero no había nadie.
Así pues, con prisas, me fui hacia la puerta del acompañante, solté la escopeta, apoyándola en la furgoneta, y me afané a abrir y sentar a la niña; le puse el cinturón, volví a coger el arma, di la vuelta, abrí la otra puerta y metí la escopeta en medio de los dos asientos; me senté, puse el vehículo en marcha, di marcha atrás, luego hacia delante y salí a toda mecha del parquin. Y cuando ya estaba fuera del pueblo e iba conduciendo por la carretera todavía tenía la sensación aquella como si los tuviera pegados en el culo.
Conducía a toda pastilla y de vez en cuando miraba a la niña: parecía que estuviese durmiendo. Mecagüen la mar salada. No podía ser el culpable, otra vez, de que se muriera una niña. La primera vez me costó años sacármela de la cabeza. A ella y a su madre. Y me maldije los huesos por haber vuelto al pueblo. Y ya, de paso, maldije también la puñetera noche en que se me ocurrió ir al baile; pero, sobre todo, el condenado momento en que conocí a Helena.
4
Aquel día, a la hora del desayuno, nuestro padre nos dijo que, si por la noche queríamos salir, primero tendríamos que ganarnos las lentejas. Y nos tuvo todo el día trabajando como negros, arrancando hierbas y cavando zanjas de un lado a otro. A última hora ya no podía con mis huesos y me dolían los brazos y la espalda de pasarme todo el día agachado.
Yo quería salir porque era la fiesta mayor: la noche del baile. Y en esa época no se salía mucho. Y tenía la esperanza de que tarde o temprano conocería a una muchacha, que nos haríamos amigos y que, con un poquito de suerte, sería mi novia y me acabaría casando con ella. Y tenía claro que la cosa estaba difícil, pero que sería del todo imposible si me pasaba los días encerrado en casa.
Cuando terminamos de cenar, nuestro señor padre nos soltó cuatro cuartos encima de la mesa, como quién sabe qué, y nos dijo: para que podáis ir al baile.
Era un maldito tacaño. Mi hermano, que era un listo, a la que tuvo el dinero en el bolsillo subió a toda prisa al primer piso para lavarse un poco, arreglarse y largarse corriendo con la Derbi, no fuera a ser que le pidiera que me acercase. Al cabroncete le daba vergüenza que nos vieran juntos; como si la gente del pueblo no supiera ya de quién era hermano. No sé cómo lo hacía, pero nunca me lo encontraba por el pueblo, ni en el baile ni por ningún lado. Supongo que se iba con sus amiguitos a un rinconcito escondido a fumar, beber y hacerse el chulo.
Me puse el traje azul marino de los domingos. El único que tenía y que había sido de mi difunto abuelo. Apestaba a bolas de naftalina. Y, a pesar de que mi pobre madre me había cosido las mangas y el bajo del pantalón, de cintura me iba grande: mi abuelo tenía un poco de barriga. Y me tenía que apretar el cinturón bien fuerte para que no se me cayesen al suelo. Los zapatos buenos también eran suyos: calzábamos el mismo número. Pero ya los tenía tan gastados y hechos polvo, sobre todo el pie derecho, que es el que arrastro, que a veces creo que solo se tenían en pie por las capas y capas de betún que les metía cada domingo antes de bajar al cine, al Rovira. Cuando se podía. Porque en casa a veces íbamos un poco justos.
De corbatas, porque al baile no se podía ir de cualquier manera, tenía un par o tres, porque eran baratas.
Me pasé un buen rato andando para llegar al baile, entonces se hacía en El hogar del productor, y me fui al bar de la entrada a tomarme una naranjada. Luego entré. El baile ya hacía rato que iba, y aquello estaba lleno. El techo estaba decorado con cintas de papel de colores: rojo amarillo, verde… que iban de los lados hasta el centro, donde todas se juntaban.
Las parejas estaban en medio de la pista, bailando. Y los viejos, sentados en los palcos o en sillas a su alrededor. Y yo, como estaba muerto de tanto andar, cogí una de aquellas sillas de listones y me senté en una esquina a mirar como la gente bailaba. No le pedí a ninguna muchacha que me apuntase un baile, porque yo no podía bailar y aunque hubiese podido ya sabía cuál sería su respuesta. Allí sentado, me entretenía mirando a la gente, echando el cigarrito. Las muchachas, con aquellos peinados, parecía que llevasen un nido de pájaros en la cabeza.
Y las horas fueron pasando y la gente bailando, agarraditos, de un lado a otro. Que si ahora un vals, el pasodoble… y yo, con el culo caliente en aquella incómoda silla de listones, echando un cigarrillo detrás de otro mientras los veía reír y gritar, enseñando aquellos dientes amarillentos; diciéndome que quizás ya había suficiente y que a lo mejor ya empezaba a ser hora de volver a casa. Y un fuerte aplauso a los músicos, y ahora tocaremos esta otra, que está dedicada a fulano, y esperamos que todo el mundo lo esté pasando bien.
Era deprimente. Tenía la boca pegajosa de la naranjada, la garganta seca y los ojos llorosos por el humo. Y, mientras tenía la cabeza en blanco, mirando a las muchachas con sus vestidos que iban revoloteando como hojas, me di cuenta de que delante de mí había un par de chavales que iban en pantalón corto. Les hice una sonrisita. Y uno de los chavales, con un peinado de tazón y cara de mal bicho, me sacó la lengua con mala leche. Me cabreé. Pero antes de que me diera tiempo a hacer nada, alguien le pegó una buena colleja. El chaval levantó la cabeza para ver quién había sido. Se la había soltado una muchacha muy alta, delgada como un espárrago y blanca como un vaso de leche, que llevaba un vestido rojo muy vistoso.
Todo el mundo la estaba mirando porque, la verdad, entre lo alta que era y aquel vestido, llamaba mucho la atención. Estaba claro que era de fuera. Me entraron ganas de echarme a reír, pero me mordí el labio. El chaval se puso a llorar y, entre lágrimas, se largó, con su amigo detrás.
La muchacha se me quedó mirando fijamente y agaché la cabeza, avergonzado. Se plantó a un palmo de mis narices. De cerca todavía parecía más alta. Me sonrió y señaló la silla vacía que había a mi lado. Y asentí diciéndole que sí, que si quería podía cogerla. Y va y se sienta a mi lado.
La garganta se me puso más seca y sentí como me temblaba todo. Me daba vergüenza. Pero, aun así, le miré de reojo las piernas: las tenía largas y delgadas, y muy bien hechas. Y la pierna buena se me puso a temblar, y la cogí para que se estuviese quieta. Para mi sorpresa, la muchacha me dio un par de golpecitos en el hombro, me volví y la miré a la cara: tenía unos ojos grandes, de un azul muy clarito. La cara pecosa. Y, con una voz muy ronca, me preguntó si quería bailar.
No supe qué decir; el nudo de la corbata me estaba ahogando. Le dije que no sabía. Y ella sonrió y me preguntó:
—Y entonces, chiquillo, ¿qué sabes hacer?
El pino, le solté sin pensármelo demasiado. Y ella se echó a reír y me dijo: ya se ve que eres un tipo muy divertido.
Yo no sabía si me tomaba el pelo. Pero con las mejillas encendidas, le dije: qué va.
Y, no sé por qué, se me ocurrió contarle un chiste, y ella se volvió a reír. Nos pusimos a charlar… de cosas del baile, creo. Pero, a la que me di cuenta, me encontré a Jordi. Uno de mis antiguos compañeros del colegio. Delante de mí. Se acercó, me puse en pie y lo saludé. Jordi miró a la muchacha.
—¿No me presentas a tu amiga? —me dijo.
Ella le dedicó una sonrisa y se repantingó en la silla con el brazo extendido sobre la mía. Mi silla. Y, con una mueca, le sacó la lengua. La tenía larga, afilada y muy pálida, como cuando mi hermano tuvo la gripe o las anginas. Nos quedamos los dos a cuadros. Y la muchacha, con una sonrisa, se levantó y, como si fuese mi pareja, me puso la mano en el hombro y me dijo al oído:
—No te vayas, Anselmo. ¿Qué te parece si luego, después del baile, tú y yo nos vamos a dar una vuelta a tomar el fresco…?
Y un poco más y me caigo de espaldas. No solo por lo que dijo, sino porque me llamó por mi nombre y yo no se lo había dicho. Supuse que se lo habría preguntado a alguien y esto me halagó.
—Sí, sí, —le dije, emocionado.
Y ella me dijo adiós con la mano. Se fue decidida hacia la pista de baile, y el vestido rojo fue desapareciendo poquito a poco en medio de aquel gentío.
Jordi sacó un paquete de tabaco y me ofreció. Era un americano de los buenos, no la mierda de caldo que yo fumaba. Me preguntó de qué la conocía. Y, no sé por qué, le dije que éramos amigos.
Entonces apareció Batista: otro de mis compañeros de colegio. De otro curso; con el que me había peleado unas cuantas veces. Y me puse tieso como un palo, y, sin hacerme ni caso, le preguntó a Jordi:
—¿Vienes o qué?
Y se fueron con un par de muchachas que llevaban unos vestidos estampados con flores. Volví a sentarme y me pasé un buen rato sufriendo, mirando de un lado a otro hacia la pista, entre aquel ir de un lado a otro de vestidos claros agarrados a americanas oscuras, a ver si veía el vestido rojo, no se diera el caso que alguien la sacase a bailar, un tipo más guapo que yo, y me dejase colgado.
De repente, alguna gente empezó a salir de la pista y se oyó un poco de jaleo. Por delante de mí cruzó una pareja. Y la mujer, cogida del brazo de su marido, le dijo con cara de ofendida: ¿te lo puedes creer?
Poquito a poco la pista fue clareando. La gente se fue abriendo, haciendo corro, apretados, como si allí en medio hubieran montado un espectáculo. Me levanté para ver qué pasaba. Y, en medio de la gente, vi que lo que se movía allá dentro era la muchacha, su vestido rojo. Me abrí paso a golpes de codo. Algunos los daba yo y otros los recibía. Y, cuando me planté en primera fila, me encontré a la muchacha saltando de un lado a otro en una especie de baile raro. Movía las manos de una manera un poco exagerada. Como las bailarinas en las películas de moros: aquellas que enseñan el ombligo. Y, de vez en cuando, pegaba un bote con las piernas como en un ballet.
Oí como un chaval decía: ¿lo has visto?
Y otro, entre risas, le respondía: sí, sí.
Me preguntaba de qué narices se reían. Tampoco había para tanto. Los hombres la miraban embobados: los jóvenes. Y las mujeres y la gente mayor, con cara de asco. A mí me hizo gracia ver como todo le daba igual. Además, lo hacía bastante bien y era tan guapa...
Durante un momento pasó cerca de mí, luego se fue a otro lado. Me pareció que no me había visto. Era como si no estuviera allí: como si bailara sola encima de un escenario. Y entonces la música empezó a sonar como una olla de grillos y paró.
Y la muchacha también paró, como si no entendiese qué era lo que sucedía, y dio unos cuantos pasos hacia el escenario. Los músicos, sudados, la miraban incómodos, con los instrumentos en la mano. Algunos de ellos estaban pendientes del director: un tipo con una nariz de gancho, que estaba con los brazos en jarras negando con la cabeza. Y ella, enojada, pegó un grito como si la hubiesen atravesado con una espada. Luego, en todo el recinto, no sé oyó el vuelo de una mosca.
Alguien tosió y un niño se puso a llorar a lágrima viva.
Y ella, muy digna, con la cabeza bien alta, dio media vuelta, se acercó a un grupo de gente mayor que estaba sentada cerca del escenario, ¡booo!, y aquella gente se levantó y se fue. Se sentó en una de las sillas. Se agarró en el asiento con las dos manos y, con una sonrisa burlona, se inclinó hacia atrás como una artista de cine. Y, poquito a poco, fue levantando una de aquellas piernas tan largas. La sala se fue llenando de murmullos. Se oyó una voz de mujer que gritaba escandalizada: ¡no lleva bragas!
Yo no veía nada porque me cogía un poco lejos y unos tipos se me pusieron delante. Aunque más tarde comprobé que era verdad, que no llevaba y que además tenía el chocho pelado. Sin un triste pelo. Al contrario que en las fotos de muchachas desnudas que de vez en cuando le cogía a mi padre, en donde lo tenían peludo y muy negro.
Una mujer se puso a gritar: ¡los niños…! ¡Que no lo vean!
Quizá era la misma de antes, porque gritó igual de exaltada. Se oyó como un tipo reía y luego calló de golpe.
El cabrón de Aguado —Aguado era un mote—, que llevaba los cobros de la entrada y la contribución del ayuntamiento, y que siempre estaba haciéndose ver, y otro tipo que no sé quién era, aparecieron a su lado. Uno a cada lado. Y parecía que Aguado, muy chulo, y mira que era bajito, le pedía que se fuera. La muchacha se hizo la ofendida. Y Aguado la cogió del brazo. Y ella, cabreada, le dio la vuelta a la tortilla. Lo cogió a él y, como si fuese un muñequito, lo lanzó contra el otro tipo. Aquel par cayeron al suelo como dos bolos. Y todo el mundo se echó a reír, como en una película de risa, porque, además, Aguado no caía bien a nadie.
Ella puso cara de sorprendida, pero luego se echó a reír con una risa rara, ruidosa, como si tuviera hipo. Entonces me vio y por un momento me pareció que ponía cara de avergonzada. Y se volvió, diciendo adiós con la mano, y se acercó a mí.
La gente de alrededor se echó atrás. Me pareció que a ella le hacía gracia. Y, antes de que dijera nada, Jordi apareció de detrás de mí, se me puso delante y le hizo una reverencia. Y, con una voz empalagosa, dijo:
—No hay duda de que esto… ha sido todo un espectáculo.
Casi podía sentir su sonrisa de relamido. Y ella arrugó la nariz, poniendo cara de asco, y, pasando olímpicamente de él, lo esquivó y me dijo:
—Y a ti, Anselmo, ¿qué te ha parecido?
No me lo podía creer: en mi vida me había pasado una cosa parecida. Pero no tenía ni la más remota idea de a qué se refería, si al baile, al chocho o a lo de Aguado.
—Muy bonito —le dije para quedar bien.
Y ella, con una sonrisa, se golpeó la frente y me dijo:
—Qué tonta, pero si todavía no me he ni presentado.
»Me llamo Helena.
5
Después de decirme su nombre, Helena me cogió de la mano y se me llevó hacia afuera. Y yo me puse muy nervioso, porque ella me había visto sentado y me daba miedo que al verme cojear no le gustase y me dejase plantado. Pero a la que lo vio, me dijo con cariño:
—¡Ay! Pobrecito Anselmo. ¿Qué te ha pasado, chiquillo?
Le dije que nací así.
—Ya lo sabía, tonto —me dijo en tono burlón y me plantó un beso bien fuerte en la mejilla.
La verdad es que a veces parecía un poco loca, pero de ese tipo de locura alegre, tan divertida. Me preguntaba qué había visto en mí, pero no me atreví a preguntárselo, no se diera el caso que se lo repensase. Yo me dejaba llevar, riera abajo, porque la veía muy decidida. Esa noche corría un aire helado: por Sant Martí siempre hace mucha rasca. Y le ofrecí la americana para que no pasase frío con aquel vestido sin mangas.
—Caramba, Anselmo, eres todo un galán. No te preocupes por mí, te aseguro que no tengo.
Nos cruzamos con alguna gente del pueblo. Me pareció que todo el mundo nos estaba mirando. Y ella, coqueta, probó a apoyar su cabeza en mi hombro. Pero yo era demasiado bajito: me sentía como un muñequito a su lado. Cuando estábamos cerca del Centro nos cruzamos con la Patrusinia —una de las viejas del clero— y su marido, que miró a Helena con cara de asco, y ella le hizo: ¡shu! ¡Shu! Como si fuese un perro.
De buena gana me hubiese echado a reír. Pero como conocía a aquella estirada, me aguanté. Cuando subimos por el rial de las monjas nos encontramos un grupo de jovencitos que se pusieron a gritar como si yo hubiera acabado de ganar un partido de fútbol. Uno de los chavales se puso a menearse, adelante, atrás, como si se estuviese chingando a una muchacha imaginaria.
—¡Oh! ¡Anselmo! ¡Sí! ¡Sí! ¡Así…! —se puso a gemir, haciendo comedia—. ¡No pares!
Sentí como se me encendían la cara y las orejas, avergonzado. Y Helena se agachó —me pareció que cogía algo del suelo—, se puso toda tiesa como una tenista y ¡zas! El chaval cayó al suelo cogiéndose una pierna, maldiciéndolo todo, porque se ve que le había lanzado una piedra.
Los dejamos atrás. Helena se me plantó delante, se agachó un poco y me dijo:
—Son todos unos idiotas; unos imbéciles cortos de miras que no ven más allá de su nariz. Anselmo, escúchame bien —me dijo muy seria, hablándome como hacía mi madre cuando era pequeño—: no dejes nunca que te importe lo que diga la otra gente, ¿me oyes?
Estaba tan seria, mirándome fijamente con esos ojos azules tan grandes, que asentí porque parecía que aquello era muy importante para ella. De fondo se oía como el chaval se quejaba de dolor, y a sus amigos como se reían.
—Anselmo. Eres muy guapo, de verdad.
La cierto es que lo decía muy convencida. Por un momento me sentí un tipo especial. ¿Por qué no me había dicho nunca esas cosas mi madre?
Entonces me dio un beso muy fuerte en los labios.
Cuando llegamos al final del rial se plantó al lado de un coche, abrió la puerta y me dijo: sube.
En aquella época, en el pueblo solo había tres coches, y pensé que ella debía ser rica. Cuando subí noté un olor muy fuerte: a puros, a sobaco y a otra cosa rara que parecía a podrido. Helena me puso la mano en la rodilla y me preguntó: ¿a dónde quieres ir?
Se me pasó por la cabeza que aquello fuera una broma de alguien del pueblo: entonces se estilaban ese tipo de cosas. Así que, por si acaso, por si me dejaba tirado, fuimos cerca de mi casa.
La paja me pinchaba el culo, a pesar de que había tendido la americana por el suelo. Helena me estaba acariciando el muslo, mientras yo, para no quedar como un idiota, le tocaba el suyo. No tenía nada de grasa: su piel estaba tirante y dura como el cuero. Su mano fue subiendo poquito a poco por mi pantalón, y, cuando llegó a mi pito, se puso a frotarlo con la palma de la mano.
Después de dar una vuelta por la finca, Helena me había propuesto que fuésemos a un rinconcito más recogido, y solo se me ocurrió llevarla a los establos.
—¡Oh, Anselmo! —me gimió al oído—, estás tan lleno de vida…
»¡A mi marido ya no se le levantaba!
Por un momento me quedé de piedra. Pero, la verdad, como estaba tan caliente, no le di mayor importancia. Volví la cabeza, acercándome a sus labios para darle un beso, pero ella me apartó la cara. Adiós. Me pareció que todo se iría al garete. Pero intenté besarle el cuello, y ella se puso a reír encantada.
—¡Sí! ¡Sí! ¡El cuello! ¡El cuello! —me dijo, mientras me desabrochaba los pantalones.
Me cogió el pito con una de aquellas manos heladas y se puso a agitarlo. Yo fui subiendo la mano por su muslo y, cuando llegué a su chocho, me di cuenta de que era verdad: que no llevaba bragas y, además, allí no tenía ni un pelo. Se lo froté un poco, mientras ella me la sacudía, y le metí el dedo. Me asusté. Lo tenía helado y muy duro: aquello era como tocar un pulpo. Pensé que las mujeres eran un poco raras. Así que, como me asusté, saqué el dedo y le pregunté: ¿estás bien? ¿Tienes frío?
—¡Oh, Anselmo! —me susurró al oído—; eres tan bueno, tan buena persona…
Y me pegó un mordisco en la oreja, me cogió el pito más fuerte y se puso a agitarlo arriba y abajo. La verdad es que me daba mucho placer, pero me dolía un poco porque me estaba clavando las uñas. Para corresponderle, intenté tocarle otra vez el chocho. Pero como ella estaba dale que te pego, me costaba. Nos pasamos así un buen rato. Hasta que llegó el momento que noté aquella sacudida por dentro. Y gemí. Y ella fue bajando el ritmo poco a poco. Le pedí perdón porque le manché el vestido.
—No pasa nada: no es mío, se lo he robado a una muerta.
En ese momento pensé que estaba de broma.
—¡Ahora me toca a mí! —gritó.
Y se puso a darme mordisquitos en el cuello. Y yo aproveché para tocarle una teta. Eran como dos melocotones, bien grandes y duros como si fueran verdes. A ella le hizo gracia y se echó a reír. Fue bajando. Me desabrochó la camisa, me mordió un poco el pezón, y su cabeza cada vez iba más abajo. Yo ya la tenía otra vez tiesa como el palo de una bandera, pero los arañazos me escocían. Cuando ya estaba cerca del pito me tiró de los pantalones, levanté el culo y me los plantó en los tobillos. Luego siguió. Sentí sus cabellos haciéndome cosquillas, su nariz helada en la ingle. Me la lamió. Yo ya me estaba frotando las manos por lo que se avecinaba, cuando, de repente, ¡ñac! Me pegó un mordisco en la ingle.
Y solté un grito y me incorporé de golpe.
Intenté apartarle la cabeza, pero cuanto más me movía, más daño me hacía. Noté como me bajaba la sangre de la cabeza y perdía el mundo de vista. Y tuve que tumbarme: ella iba sorbiendo por allá abajo. Quería gritar que parase, pero no podía moverme, sentía un hormigueo muy fuerte por todo el cuerpo. Y cerré los ojos y me dejé llevar por un placer mucho más profundo que antes, mezclado con el dolor de la entrepierna.
Era como si estuviese flotando en medio de un lago.
Ella paró y me dijo:
—Anselmo, eres único, te lo juro.
Sentí como volvía a sorber. Y, al poco rato, ya tenía los pies helados y entumecidos. Me entró mucho frío. Y mi pierna derecha dio un par de patadas al suelo. Luego, Helena me cogió la cabeza como si fuese un balón y me la acercó a uno de sus pechos; antes los tenía helados y ahora estaban calientes como un horno. Calientes y con una cosa pegajosa. Y empezó a balancearse, adelante y atrás, como si mi cabeza fuese un recién nacido.
—No llores, hijito; no llores, que ya estoy yo aquí.
Estaba loca. Me estaba dando la teta como a un crío.
Aquel líquido me daba asco. Pero como no podía respirar, abrí la boca y un poco de aquella cosa agria y espesa me entró dentro. Y, a la que noté su sabor asqueroso picándome en la garganta, lo empecé a chupar como un loco. Como si no hubiese bebido nada en semanas. No sé el rato que me pasé sorbiendo, porque aquello era la gloria.
Y ella dijo: ya está, ¡basta!
Pero yo no quería. Y me pegó un empujón con mala leche: ¡que pares! Y caí al suelo.
Luego empezó aquel sufrimiento.
El estómago me empezó a quemar como si me hubiese tragado unas brasas. Y después sentí dentro de mis venas un ardor que se me fue extendiendo por todo el cuerpo. Desde el dedo meñique hasta arriba, a la mollera. ¡Me estaba quemando vivo por dentro! Mi cuerpo se puso a pegar botes como un pez fuera del agua. Estaba aterrorizado, pero no podía hacer nada.
Me estaba muriendo. Lo sentía. Y de la peor manera.
Pensé en mi madre. Me habría gustado que estuviese allí para abrazarme fuerte y para que me dijera que todo iría bien. Aunque fuese mentira. Pensé en mi hermano, como en una foto. Y fugazmente en el cabrón de mi padre. Y me acuerdo de que también pensé en todo lo que me perdería y que me habría gustado hacer: casarme, tener hijos… y, a pesar de que no quería morir, al cabo de poco aquel sufrimiento subió otro par de vueltas y pensé que ojalá me muriese ya de una maldita vez.
Y, de tan fuerte como botaba, me pegué un buen golpe de cabeza al suelo. Y, por unos segundos, aquel dolor, el del golpe de cabeza, me alivió. Pero después aquello fue tan insoportable que me parece que me desmayé. O, por lo menos, ya no me acuerdo de nada más.