El beso

 

Aquel día, cuando me levanté y me di cuenta de que mi mujer se había marchado temprano para ir a trabajar, no sé por qué, me pareció que sería un mal día. Me entretuve un poco por el piso y luego se me hizo un poco tarde. Aunque, a pesar de todo, paré en la cafetería de enfrente del curro —ese bar cutre al que van todos los borrachos del pueblo— y pedí un café para llevar. El camarero, un tipo pelirrojo del que nunca recordaba el nombre, me sonrió y me dijo: «¿No vas un poco justo?».

Salí corriendo a toda pastilla, haciendo equilibrios con el vaso, y lo último que recuerdo es el sonido de un claxon y un impacto muy fuerte en las rodillas. No me dolió; por lo menos al principio. Fue como cuando te cortas con un cuchillo y el dolor tarda unos segundos en llegar. Pues eso.

Cuando desperté, estaba en medio de la nada. En serio. En un vacío blanco, infinito; era algo parecido al desierto de «Matrix» cuando Morfeo habla con Neo. Y, además, estaba dentro de una cama, con unas sábanas blancas, inmaculadas, con una mujer que estaba buenísima. ¡Joder!, me pareció la mujer más guapa que había visto en mi vida. Ni en los anuncios de lencería salen mujeres tan bonitas. Y, para más inri, yo estaba completamente desnudo —ella también— en aquella cama en medio de la nada. «Es un sueño», me dije, «un sueño»; aunque cuando me fijé en la nitidez de su piel me resultó inquietante, demasiado real. Entonces se me ocurrió lo que le habría pasado por la cabeza a cualquier tío en mi lugar… Ya me estaba frotando las manos, cuando ella me miró con unos ojos vacíos y me gritó:

—¡Alto! —su voz era un poco ronca. 

—¿«Alto»? 

—Ya sé lo que estás pensando —me dijo.

«Claro, no hay que ser adivino».

—Soy la Muerte —sentenció.

Al primer momento iba a reírme, pero sentí un escalofrío que me recorrió la columna, algo sobrenatural que me obligó a cerrar los ojos.

—¿Estoy muerto? —pregunté. 

—Todavía no. 

—Menos mal —dije. Aunque aquello no me alivió en absoluto—. ¿Dónde estoy? 

—Estás aquí.

Por un momento, me pareció que quería jugar conmigo. Luego sonrió, como si quisiera tranquilizarme.

—No tenemos mucho tiempo —dijo mirando a mi espalda—. Te he traído aquí para hacer un trato.

«¿Qué trato?», pensé. Y justo cuando iba a preguntárselo, gritó:

—¡Silencio! «¿Qué trato?».

Madre mía. Casi me muero del susto, porque lo dijo con mi propia voz. Mi voz.

—Sí. Y, además, puedo leerte la mente.

Lo estaba haciendo. Y me lo demostró. Pero luego volvió rápido a lo que realmente le importaba: el trato.

—Tu vida a cambio de otra. Tu jefe, por ejemplo. Sí, no lo dudes: te la está pegando con tu mujer. Lo sabías, lo sospechabas… lo sabías. Mátalo y vivirás. No, el universo no implosionará si lo haces. El equilibrio… —me soltó todo aquello como si yo fuera un niño pequeño. De pronto, su rostro se oscureció y me empezaron a silbar los oídos—. Pero antes, para que sepas que esto ha sucedido de verdad… un beso.

Ni loco le iba a dar un beso a aquella cosa. Pero me cogió la mano y me estampó sus labios en el dorso. Me dolió. El tacto de sus labios era como el de una brasa ardiendo. Cuando me soltó, vi una mancha oscura con la forma de sus labios quemada en mi piel.

Entonces desperté. 

Estaba tumbado en el suelo, rodeado de gente que preguntaba qué había pasado.

Al día siguiente, mientras estaba friendo unos huevos, me quemé la mano con el aceite. Y me quedó exactamente la misma marca. Lo juro. ¿Qué habríais hecho vosotros? No era solo por la marca; no sabría cómo explicarlo. Aún sentía aquel frío tan fuerte por dentro, un runrún que me disolvía por momentos. Quería contárselo a mi mujer, pero cada vez que me acercaba, me ahogaba y me aparecían flashes, extremadamente reales, de ella acostándose con mi jefe. Solo cuando me planteé realmente acabar con él remitieron las punzadas y el malestar. Yo no soy un asesino, pero sentía que, como dijo ella, se trataba de él o yo. Me pasé semanas leyendo sobre coches. Al final, le corté los frenos.

Todavía me pregunto cómo ocurrió todo. Esa mañana salí otra vez corriendo a toda pastilla del bar y… oí los bocinazos. Me volví. Vi la cara de mi jefe desencajada por el pánico. Entonces sentí el impacto: cómo el frío beso me envolvía por completo. Y me acuerdo de que maldije a esa grandísima hija de la…