El colapso de la luz


Capítulo 1

 

Cuando intento recordar mi llegada, no veo imágenes claras. Solo veo el fin de la perfección.

En mi planeta —si es que aquello puede llamarse planeta y no una conciencia colectiva suspendida en el vacío— yo era un flujo. No tenía peso, no tenía bordes, no tenía frío. Éramos una nota sostenida en una sinfonía de datos infinitos. Entonces, Auriaaa decidió que yo debía ser un testigo. Y el viaje fue, en realidad, una caída hacia la materia.

No fue un aterrizaje; fue un impacto. Mi conciencia fue comprimida, estrujada y embutida en un envase de carbono y agua, lo que se conoce como «cuerpo».

Lo primero que registré fue el peso. Había estudiado la gravedad en las simulaciones de Auriaaa. Sabía que la Tierra operaba bajo una aceleración de 9,8 m/s². Conocía la fórmula, la constante y la teoría. Pero la teoría no sirve de nada cuando sientes que el universo entero se ha convertido en una en una masa que te aplasta contra el suelo. No era una fuerza física; era una agonía constante que me hundía en la tierra marrón.

—L_N-774... —intenté llamar a mi guía.

Ese era su nombre entonces, una secuencia de frecuencias que ahora me resulta imposible pronunciar con una laringe humana. Mucho después, cuando aprendí a usar las palabras para camuflarme, la llamaría Lorena. Pero en aquel momento, ella era solo una voz vibrando directamente en mi procesador, mi único vínculo con el hogar que acababa de perder.

L_N-774: —Diagnóstico: Choque biológico de nivel 9. Estás vivo. Afortunadamente.

—¿Por qué... no puedo... moverme? —conseguí articular en mi mente, mientras el aire entraba en mis pulmones como si fuera una brasa ardiendo.

L_N-774: —Tu cerebro está intentando indexar el hardware. Sabías que los humanos tienen huesos y tendones, pero tu mente sigue intentando enviar señales de red inalámbrica a un sistema que solo entiende de cables de carne y pulsos químicos. Ten paciencia. El cuerpo es una máquina lenta.

Me quedé allí tirado durante horas. El sol se movía lentamente por el cielo, quemándome las retinas con una luz blanca que no entendía. Sentí un calor húmedo entre mis piernas, un líquido que se derramaba hacia el suelo. Pensé que mi envase se estaba rompiendo, que me estaba drenando. No sabía que era mi propia orina; fue mi primera humillación biológica, mucho antes de que supiera lo que era la vergüenza.

Para evitar que el sistema colapsara ante la sobrecarga de datos, intenté levantar lo que Lorena llamaba «mano derecha». Me llevó una eternidad. Cuando por fin apareció ante mis ojos, me quedé horrorizado.

Eran cinco protuberancias pálidas que salían de una base carnosa. Me parecieron patas de insecto, ramitas pálidas que se agitaban de forma espasmódica. Eran repulsivas. Pasé horas moviéndolas delante de mi cara, estudiando cómo la piel se arrugaba en los nudillos.

—Son... horribles —pensé.

L_N-774: —Son herramientas de precisión. Y vas a necesitarlas si quieres salvar lo que queda de tu compañero.

A un metro de mí yacía el cuerpo de B_R-109. Aún no era Barcelona; ese nombre vendría después, cuando viéramos el mapa de la ciudad que él nunca llegaría a pisar. Su proceso de impresión había sido un desastre. Su corazón no aguantó el cambio de fase y ahora su envase se estaba licuando, convirtiéndose en una pasta azulada y translúcida bajo el sol. Mi mejor amigo, un ingeniero de nivel 10, se estaba transformando en un charco de moco sintético que el barro devoraba con avidez.

—Muévete —ordenó mi guía—. Alterna la tensión en los gemelos. Si no te mueves ahora, su esencia será absorbida por los microorganismos de este campo y no quedará nada que recuperar.

Con un esfuerzo que casi me funde los circuitos, logré que mis piernas obedecieran. Me arrastré sobre el vientre, sintiendo cómo las piedras me desgarraban la piel nueva. Cada rozadura era un dato nuevo y terrible. Cerca de lo que quedaba de B_R-109, vi un objeto brillante: una lata de conservas vieja y oxidada.

Usé esas «patitas de insecto» para agarrar la lata. Con una torpeza infinita, empecé a recoger el líquido azul que aún vibraba en el centro de la pasta. Cuando terminé, me abracé a esa lata oxidada.

Me quedé allí, desnudo, empapado de mi propia orina y vibrando sobre la tierra dura. Había pasado de ser un dios de datos a ser un náufrago. Y lo peor no era el dolor. Lo peor era que, por primera vez en mi existencia, entendía lo que significaba la palabra «soledad».